La Operación Barbarroja y sus mitos

La Operación Barbarroja y sus mitos

En el 22 de junio de 1941 se produjo un hecho de armas tan grande en sí mismo como lo fueron posteriormente las consecuencias que se derivaron de él. Se trataba del Unternehmen “Barbarossa” (Operación Barbarroja), o la campaña de invasión de la Unión Soviética llevada a cabo por el Tercer Reich. Cuando uno hace un análisis, incluso superficial, de la escala de la batalla del este de Europa entre los años 1941 y 1945, no tiene más remedio que preguntarse sobre el “porqué” y el “cómo”. Vamos a responder a estas preguntas y concluir cómo esta campaña y sus consecuencias han quedado eclipsadas por “toneladas” de información no contrastada, escrita tras el devastador conflicto llamado Segunda Guerra Mundial.

Como consecuencia de la Guerra Fría, en la que los entonces rivales habían sido antiguos aliados contra la Alemania nacionalsocialista, el mundo perdió la posibilidad de conocer en profundidad este hecho de armas decisivo, que indudablemente decidió la Guerra Mundial en Europa. El “porqué” de la Operación “Barbarroja” ha quedado sumido en una neblina de propaganda en un primer momento y de gran desconocimiento posteriormente, que la explica como el producto de un acto psicótico del hombre más odiado de la Historia, Adolf Hitler.

Sobre el “cómo” se realizó con un ejército de más de 3 millones de combatientes (no sólo alemanes), al no entenderse bien el porqué, las operaciones, la estrategia, la táctica, y los objetivos de la operación han sido tachados de irracionales, poco más o menos. Es decir, la guerra en el Este se recuerda en nuestros días como una guerra tan devastadora como carente de sentido. No debe el lector pensar que el autor de estas líneas pretende justificar tamaña debacle, sino, al margen de consideraciones éticas o morales, explicar algo del “porqué” y el “cómo”. Pasemos a entenderla y a desmontar los mitos que la envuelven.

 

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Mito primero, ¿una campaña sin objetivo?

La declaración de guerra de Gran Bretaña y Francia a Alemania tras el Fall Weiss (invasión de Polonia), abrió un frente de lucha no deseado y temido por el Führer alemán. Volver a las trincheras después de la Gran Guerra no era en realidad su deseo. Su “guerra” estaba ya bien decidida desde el momento en que escribió su ideario político “Mein Kampf” (“Mi Lucha”) en los años 20. La batalla en el este europeo estaba predestinada, en su visión, para un pueblo, el germano, en su mayor parte habitando en el mermado estado alemán tras la Primera Guerra Mundial. Pero el pueblo alemán también había quedado disperso por otras áreas centroeuropeas que habían sido incorporadas forzosamente a otros estados.

La doctrina hitleriana, el nacional-socialismo, a diferencia del socialismo soviético, era una doctrina de ámbito nacionalista y no internacionalista y aspiraba a la reunificación de todos estos pueblos y territorios dispersos a los que me refiero. Con un censo de más de 70 millones de germano-hablantes, el dictador alemán estimó que la única vía para la supervivencia futura de tal masa humana, racial y culturalmente homogénea, no era otra que la expansión de su territorio. A esto se refirió con el término Lebensraum o espacio vital. En el mismo momento de la definición de este concepto se pusieron los cimientos del futuro conflicto contra la Unión Soviética.

Mapa de Unternehmen “Barbarossa”
Mapa de Unternehmen “Barbarossa”

 

 

Mito segundo, el exótico frente ruso

La propaganda de guerra en forma de literatura, cine y otras en los años del conflicto (1939-1945) y todas las miles de obras con más rigor escritas, sin el contrapunto de aquellas publicadas tras el Telón de Acero, han calado de tal forma en Occidente que han desvirtuado la Operación “Barbarroja” y toda la posterior campaña en el este hasta la toma de Berlin por los soviéticos Zhukov y Koniev en mayo de 1945. La imagen de este teatro de operaciones  ha trascendido en forma de una especie de campaña cruel y exótica, pero de consecuencias menores en el devenir de la Segunda Guerra Mundial en Europa. Esta imagen es tan incorrecta como injusta.

En el mundo actual, donde el constante bombardeo informativo crea corrientes de pensamiento desvirtuadas, (con intención o sin ella), reconocemos a los aliados occidentales (principalmente los EE.UU. y Gran Bretaña) como los actores principales de la derrota de Adolf Hitler y su régimen nacional-socialista. Pero si profundizamos y vamos más allá de los atractivos y divertimentos de la “historia hollywoodiense”, hallamos otros datos y cifras aplastantes. La Segunda Guerra Mundial le costó a los EE.UU. (en todos los teatros de operaciones) menos de medio millón de hombres. Los soviéticos perdieron una cifra tan astronómica como difícil de calcular. Sobrepasa los 20 millones, de ellos posiblemente unos 15 millones de civiles.

Es en los campos de batalla de la Europa oriental, desde las puertas de Moscú, las montañas del Cáucaso y las aguas del caudaloso Volga hasta las calles de Berlín, donde la Segunda Guerra Mundial se resolvió en Europa. Y este hecho, iniciado con la operación de invasión del 22 de junio de 1941, cambió la historia del viejo continente y por consiguiente del mundo entero. Las estructuras en las que apoyamos nuestra actual civilización tienen su origen en aquellos resultados.

El lector podría preguntarse a la luz de estos párrafos “¿La entrada entonces de los EE.UU. en el conflicto no fue determinante para el teatro de operaciones europeo?” (recordemos que no fue hasta diciembre de 1941, cuando el coloso americano entró en la guerra). O preguntado de otro modo “¿Stalin se las hubiera bastado para derrotar a Hitler en solitario?”. Contestar a esto entra dentro de la historia-ficción, pero lo que es indudable es que el desarrollo de la batalla hubiera sido distinto (y nuestro actual mundo). Dejémoslo ahí.

Batalla de Stalingrado
Batalla de Stalingrado

 

 

Mito tercero, Hitler contra Stalin

En el “frente ruso” combatieron muchas naciones. La Operación Barbarroja fue una campaña multinacional liderada por el Tercer Reich, que buscaba su “espacio vital” (Lebensraum). Los objetivos esenciales de la campaña incluían la eliminación del bolchevismo y otros de carácter racial y político (como la independencia política de Ucrania, bajo control germano, entre otros). Al decir “multinacional” no me refiero a que todos los países intervinientes (Finlandia, Rumanía, Hungría, Eslovaquia, España, Croacia y tantos otros voluntarios a nivel personal) compartieron el mismo objetivo. Por ejemplo, la participación española plasmada en la División Española de Voluntarios (“División Azul”) no perseguía estos fines, ni los finlandeses, ni los rumanos, etc.

Hitler presentó al mundo la campaña como una “cruzada contra el bolchevismo” y encontró eco en muchas naciones europeas. También, mientras la campaña progresaba por tierras de la “Madre Rusia”, hubo otros miles soviéticos que se unieron: ucranianos y bálticos e incluso rusos se volvieron contra Stalin.

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Fuente: Ejercitos.org

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